Hace varios años, con ocasión de cubrir para un medio de la comarca la salida procesional de la Procesión Magna, una de las personas que habían
sido invitadas desde el Consistorio, le manifestó al alcalde de la ciudad: "He visto procesiones en Sevilla, en Granada, en muchos lugares, pero nada
como ésta. ¡Ustedes, no saben lo que tienen!".
Esa expresión sincera resumía el impacto que supone para muchos, que presencian por primera vez la
Semana Santa sanroqueña, la singularidad de una tradición que, si en toda Andalucía ya es importante, en San Roque cobra tintes de verdadera emoción, de extraordinaria diferencia. Que ello ocurra en una ciudad pequeña, que sea capaz de aglutinar a tanta gente, a tanto esfuerzo, que haya hecho de esta manifestación religiosa y popular una de sus principales señas externas de identidad, no es tarea reciente. Es el fruto de la continuidad de la tradición, de un espíritu de mejora permanente. Pero es también el reencuentro con las raíces de un pueblo. Si en 1715 tuvo lugar la primera procesión en el San Roque de los exiliados gibraltareños -ojo a esta fecha que se acerca en el horizonte-, en 2010 continúa, una vez más, el sanroqueño retomando la página más crucial de su historia.
Porque si la Semana Mayor es una conmemoración religiosa, en algunos lugares como San Roque, por su vinculación al nacimiento de la ciudad, supone también parte indeclinable de su propio ser como pueblo. El sanroqueño, que ve la impresión causada en quienes son testigo por primera vez de sus
procesiones, sí sabe lo que tiene. Sabe que parte de su historia, de su cultura está en las calles unos días para ser compartida, para ser recordada y
asumida plenamente.
Antonio Pérez Girón
Cronista Oficial de San Roque