"Volved a mí de todo corazón". Son palabras de Dios en la Escritura. No podemos regresar auténticamente a Dios si no es desde el corazón, y tampoco podemos vivir si no es desde el corazón. Dios llama en el corazón, pero, en un mundo como el nuestro, en el que tan fácilmente nos hemos olvidado de Dios, nos cuesta llegar al corazón. Dios llama al corazón del hombre, a su parte más interior, a ese yo, único e irrepetible; ahí me llama Dios.
Yo puedo estar viviendo con un corazón alejado, con un corazón distraído en el más pleno sentido de la palabra. Y cuánto nos cuesta volver. Cuánto nos cuesta ver en cada uno de los eventos que suceden la mano de Dios. Cuánto nos cuesta ver en cada uno de los momentos de nuestra existencia la presencia reclamadora de Dios para que yo vuelva al corazón.
¿Pertenezco yo a ese mundo sin corazón?
¿Pertenezco yo a ese mundo que no sabe encontrarse consigo mismo? Dios llama al corazón para que yo vuelva, para que yo aprenda a descubrir la importancia que tiene en mi existencia esa dimensión interior. Para este retorno es necesario crear una serie de condiciones. La primera de todas es aprender a ensanchar el espacio de nuestro espíritu para que el Espíritu Santo pueda obrar en nuestro corazón. Ensanchar nuestro espíritu a veces nos puede dar miedo.
Ensanchar el corazón no significa otra cosa sino aprender a romper todos los muros que en nosotros no dejan entrar a Dios.
¿Realmente nuestro espíritu está ensanchado? ¿Mi vida de oración realmente es vida y es oración? Dios puede llenar el corazón con su presencia y hacernos sentir que estamos en el noveno cielo; pero también puede llenarlo con su ausencia, aplicando purificación y exigencia a nuestro corazón. Cuando Dios llega con su ausencia a mi corazón, cuando me deja totalmente desbaratado, ¿qué pasa?, ¿Ensancho el corazón o lo cierro? Cuando la ausencia de Dios en mi corazón es una constanacción transformadora de Dios hay un enemigo: el pecado. El pecado es lo contrario a la Santidad de
Dios. Mientras no entremos en nuestro corazón, no nos daremos cuenta de lo grave que es el pecado. Cuando yo miro un crucifijo, ¿me inquieta el
hecho de que la mayor consecuencia del pecado es Cristo en la cruz? ¿Me ha dicho Dios: quieres ver qué es el pecado? Mira a mi Hijo clavado en la Cruz ? Siempre que pensemos en el pecado, no olvidemos que la auténtica imagen, el auténtico rostro donde se condensa toda la injusticia, todo desamor, todo odio, todo rencor, toda despreocupación por el hombre, es la cruz de nuestro Señor.
En esta Cuaresma es necesario volver al interior, descubrir la llamada de Dios a la entrega y al compromiso. Y para lograrlo es necesario abrir primero
nuestro espíritu a Dios y comprender la gravedad del pecado: del pecado de omisión, de indiferencia, de superficialidad, de ligereza. Es necesario, por tanto, volver a la dimensión interior de nuestro espíritu, es decir, no ir caminando por la vida sin darnos cuenta que en nosotros hay un corazón que está esperando ensancharse con el amor de Dios.
Feliz Cuaresma y Feliz Pascua de Resurrección
Juan Pedro Varo Salguero, Párrocote,
¿abrimos el espíritu? No podemos olvidar nunca, que contra esta